
Eso es en el verano, porque durante el resto del año vivo en Santiago, donde el gallo es mi celular y el que se levanta a trabajar soy yo. Por cosas técnicas el gallinero no está en mi casa. Actualmente es el metro, y no lo digo por menospreciar al tren subterráneo, si no porque en la hora punta las gallinas de terno y corbata están colgadas de sus fierros sin el ánimo de despertar. Por lo general están con los ojos cerrados como soñando estar en la mejor de las camas de agua de algún motel de 50 lucas. Otras han peinado sus plumas con el más endurecedor de los geles, otras arreglan sus uñas con limas de cartón que han cumplido hace tiempo su vida útil.
Éste gallinero es diferente a los del sur, porque en estos también hay murciélagos que cuelgan de los postes, no patas arriba, simplemente sus caras son igualitas a Batman por no decir a la del “Murci Rojas”. Derrepente aparecen gallinas preciosas que cuando el calor agobia se quitan plumas, distorsionando los ojos de gallos flytes, cuicos y uno que otro disimulado con gafas oscuras.
En el campo el granjero abre las puertas para que las gallinas caminen libres por el prado. En Santiago se escucha una voz que dice “Estación terminal todos deben descender”, en ese momento, como si al final de las escaleras existiera una torre de harinilla, las gallinas corren y se empujan para encontrarla... como las gallinas tienen un cerebro pequeño se les olvida que al subir las escaleras no hay comida ni un verde prado, simplemente se encuentran con otras jaulas que alguien pinto blancas con rayas verdes.










