miércoles, octubre 31, 2007

EL ÚLTIMO SUSPIRO


Y ahí estaba yo... dando las últimas patadas a la vida. Rojo de asfixia y con los ojos apunto de salir expulsados al mundo. Sentía el miedo inevitable de terminar con mi vida. Ya lo había pensado, planificado y fríamente calculado... con una cuerda que ocupan mis pequeñas vecinas para saltar me abrazaría el cuello con ternura enferma.


Ya era tiempo de conocer la muerte... de abandonar a mis cercanos... de descansar. No de los problemas ni del trabajo... sólo me eliminaría a mí, a mi inconsciente que cada vez está más conciente. Eliminaría para siempre a esa voz que marca las pautas de las cosas que hago y de las que dejo de hacer.



Ya quedaba poco... no veía ninguna luz ni escuchaba ningún sonido. Al contrario, los rayos de sol que rebotaban en el espejo ya no eran llagas para mis ojos. Ya no escuchaba nada, porque la tibia sangre que comenzaba a brotar de mis oídos hacían estéril mis esfuerzos por sentir alguna balbuceante ayuda. No llego nadie a mi último suspiro. Ya era tarde, se había doblado mi cuello con el peso de mis ideas... y enrojecido mi cuerpo de vergüenza ajena.

viernes, octubre 12, 2007

LAS CUCARACHAS SABEN A ACEITUNAS


Nadie sospecharía que un pollerúo como yo vivió un mes lejos de la casa familiar, pero sí. Por esas cosas de las peleas entre hermanos un día tomé mis pertenencias que comenzaban y terminaban con la palabra cama... y me marché.

Cambié el lejano Puente Alto por un céntrico callejón en la intersección de San Isidro con Santa Isabel, ese no es un barrio muy bonito, más bien parece una replica pirata del lejano oeste... pero bueno, era lo que me alcanzaba y no me podía quejar. Tenía 2.5 metros cuadrados para mi solito.

Pensé una tarde, mientras miraba el techo que sería bueno invitar a una dama a mi palacio, pero las ganas se me quitaron rápidamente cuando vi la decoración, que era útil, porque servía para ocultar las grietas en las murallas.

Como solitario que estaba no había otra cosa más que comer. Así conocí una pizzería en la calle Lira... eran exquisitas, ni parecidas a esas que hacen por mayor en los patios de comida rápida. El asunto es que un sábado no fui capaz de terminar con la pizza familiar que me compré, y como un soltero no puede derrochar la comida, la guardé en su cajita y la puse debajo de la cocinilla.

Salí esa noche y al volver de madrugada una hilera de cucarachas me dieron la bienvenida, estaban milícamente formadas y vestidas con su sobrio y característico traje negro. Las miré con asco, pero había tomado unas copas demás por lo que me fui a acostar rápidamente para que la casa de dejara de mover.

Al despertar lo de costumbre, un dolor de cabeza y una sed de moribundo en el desierto... y como ya era hora de almuerzo pensé en terminar la pizza, ni siquiera me detuve a verla ni tampoco a calentarla. Lentamente mastiqué la masa y sus ingredientes para encontrarles algún sabor. Cuando terminé, una imagen apareció por mi cabeza. Era la fila de cucarachas que me saludaron en la mañana, ésta vez no las vi en el pasillo ni tampoco convirtiéndose en Gregor de “metamorfosis” , si no que las imaginé entrando en la caja de la pizza... traté de no ver el envoltorio cuando lo fui a botar... sólo traté de pensar, y hasta el día de hoy... que las cucarachas tienen sabor a aceitunas. ¿ y por qué no? si las mariposas saben a papas fritas.